Publicado en Religión Digital. Abril 2009.
Francisco de Asís es uno de esos personajes de la historia que a fuerza de humildad ha dejado un rastro indeleble que nos permite contemplar en él, en su vida, el rostro de la amabilidad, la expresión más hermosa de lo que el ser humano puede llegar a ofrecer a la Humanidad. Por eso seguir su rastro histó-rico y espiritual supone siempre una oportunidad de renovación interior y de apuesta firme por el compromiso solidario.
En este año 2009 la Orden Franciscana celebra los 800 años de su funda-ción, y por ello mismo, por lo significado de estas fechas, ir a Italia para cono-cer los lugares geográficos vinculados a la memoria del “Poverello” supone, antes que nada, realizar una auténtica peregrinación, sumergirse en un baño profundo de espiritualidad humilde y fraterna. Y lo bueno, que nos es dado por pura gracia, no podemos apropiárnoslo, por eso he querido, y el sueño se ha cumplido, invitar y acompañar a un grupo de personas en una auténtica pere-grinación del espíritu, de la mano de Francisco.
Nuestro itinerario fue diseñado previamente con el ánimo de perfilar una her-mosa peregrinación por lugares con una honda significación cultural y religiosa. En ese sentido Italia es un paraíso, un auténtico museo abierto en el que la belleza de las formas espabila el sentido de lo bello, de lo estético, como mera recreación de la hermosura que late en el corazón del artista que crea, y, creando, nos ofrece su mejor expresión humana y espiritual. Y este es el caso de Francisco, un auténtico artista del alma, precursor del renacimiento del humanismo cristiano, inventor de una auténtica Fraternidad universal y cósmica que le llevaba a tratar a cualquier criatura, animada o inanimada, como herma-na/o.
Comenzamos nuestra peregrinación citándonos en el aeropuerto de Santiago de Compostela. Ahí mismo comenzó nuestra peregrinación, si no antes, a fuerza de ilusión y expectativas. En estos momentos siempre hay un algo de inquietud que emociona y aviva el corazón. Una breve escala en Madrid nos abrió las puertas de un vuelo directo hacia Roma, “caput mundi”, la ciudad im-perial y papal, amalgama de historia, arte y espiritualidad. La fascinación por la ciudad surge apenas se contemplan algunos de sus monumentos señeros. Pe-ro nuestro objetivo iba más allá de lo puramente visual, por más que los foros romanos, las majestuosas basílicas o las armoniosas plazas o fontanas invita-sen a disfrutar. Nuestro punto de inflexión, de lo cultural-turístico a lo espiritual, se produjo en las entrañas de una bella y fastuosa basílica “extra muros”: la de San Pablo. Allí celebramos la primera eucaristía, en una capilla lateral que en su austeridad nos invitó a centrar la mirada en el corazón. Nuestra intención era acercarnos a la figura de Pablo, apóstol de los gentiles, en el bimilenario de su nacimiento, en este año santo paulino.
Y tras la Roma, de prolongada historia y arte a flor de piel, nos dirigimos hacia un espacio natural desconocido por el grupo: el valle de Rieti, “la valle santa”, en torno al cual algunos eremitorios, montaña arriba, guardan la memoria nítida de un ser excepcional que ha querido pasar de puntillas por la historia: Francis-co de Asís. Los eremitorios de Fontecolombo (“fuente de las palomas”) y Grec-cio vinieron a serenar el alma, a apaciguar el corazón, con el murmullo de la naturaleza, obra magna del mayor artista de todos: Dios. Fue en Greccio en donde en la Navidad de 1223 Francisco celebró el natalicio de su Maestro con pesebre, buey y mula, dando así origen a la tierna tradición de los “belenes”. Allí celebramos entre villancicos la Navidad, porque, para la ternura y devoción, todo tiempo es oportuno. Greccio, pueblo hermanado con Belén, es precisa-mente eso, la Belén franciscana.
Y de los eremitorios del Valle Santo nos fuimos a la Nazaret franciscana. La primera visión de Asís, ya de noche, en lontananza, supone una profunda emo-ción, máxime para quienes sabemos por qué es conocida en el mundo entero esta pequeña villa de corte medieval en la que se inició el Renacimiento cultu-ral italiano, con los frescos de Giotto y el poeta Francisco.
La primera toma de contacto, paseando por sus calles bajo el palio del silencio de la noche, supuso ya un cierto aldabonazo en la mente y corazón de los pe-regrinos/as que comenzaron así a percibir “el espíritu” de Asís. La basílica de San Francisco, en donde se veneran sus restos mortales, San Damiano, Chiesa Nuova, la basílica de la Hermana Clara y Santa María de los Ángeles (La Porciúncula) infundieron en nuestro ánimo una serenidad que aún hoy per-dura. En la Porciúncula, en donde nació la vida franciscana hace ahora 800 años, celebramos una eucaristía por la paz, simbolizando nuestro anhelo y compromiso con la entrega de un ramito de olivo recogido en uno de los cam-pos cercanos a Asís, poco antes de la que la hermana nieve cubriese con su manto de blancura la campiña spoletina.
Ahora la contemplo y pienso en Francisco, y junto a él sueño con la paz y el bien. Las que te deseo a ti…
Siempre habrá un nuevo camino por desbrozar.
Siempre un anhelo nuevo con el que soñar.
Siempre una esperanza nueva que conquistar.
Pero sólo el corazón que ama…
podrá desbrozar nuevos caminos,
soñar íntimos anhelos,
y conquistar hermosas esperanzas…
ES EL SIGNO DEL AMOR
Fr. Francisco J. Castro Miramontes
Franciscano
Peregrino en los lugares franciscanos de Italia