Basterretxea y los franciscanos están ya de acuerdo en muchas cosas. Por ejemplo, en que la reinauguración de la Cripta supone la culminación, casi sesenta años después de haberse iniciado, del proyecto artístico de Arantzazu, un proyecto que, haciendo honor a la etimología que se atribuye al lugar, no ha estado exento de espinas.
El primer paso lo dio en 1950 el Ministro Provincial de los franciscanos, Pablo de Lete, planteando la necesidad de una nueva Basílica. En abril se convocó el concurso de ideas que terminó con la selección del proyecto presentado por los arquitectos Francisco Javier Sáenz de Oiza y Luis Laorga y adjudicando, también mediante concurso, la estatuaria a Jorge Oteiza. El día de la Virgen de Arantzazu de aquel mismo año, el 9 de septiembre, se puso la primera piedra del templo, y dos años más tarde se convocó el concurso para la pintura del ábside de la Basílica, el que ganaron Basterretxea y Pascual de Lara, cuyo fallecimiento en 1958 dio lugar a que se convocara un nuevo concurso en 1962, en el que se impuso Lucio Muñoz.
En agosto de 1955 ya se pudo celebrar la primera misa, pese a que la iglesia, inaugurada de modo solemne pero oficioso el 30 de aquel mes, no estaba terminada. Mes y medio antes, sin embargo, el Obispo de San Sebastián, Font y Andreu, había encargado un dictamen sobre las obras.

El documento resultante determinó que las actuaciones artísticas contempladas no tenían en cuenta los preceptos de la Santa Iglesia en materia de Arte Sacro, y comunicaba que los proyectos no se aproban porque habían «sufrido extravío por las corrientes modernistas». La obra se paralizó durante casi quince años, hasta que, gracias a los aires que trajo el Concilio Vaticano II, se consagró la Basílica en 1969, con casi todos los elementos artísticos en su lugar: la estatuaria de Oteiza, la puerta de Chillida, las vidrieras del franciscano Eulate, la obra de Muñoz arropando a la pequeña imagen de la Virgen… Ahora, con los murales de Basterretxea no sólo donde deben, sino como deben, la obra ya está completa.
El documento resultante determinó que las actuaciones artísticas contempladas no tenían en cuenta los preceptos de la Santa Iglesia en materia de Arte Sacro, y comunicaba que los proyectos no se aproban porque habían «sufrido extravío por las corrientes modernistas». La obra se paralizó durante casi quince años, hasta que, gracias a los aires que trajo el Concilio Vaticano II, se consagró la Basílica en 1969, con casi todos los elementos artísticos en su lugar: la estatuaria de Oteiza, la puerta de Chillida, las vidrieras del franciscano Eulate, la obra de Muñoz arropando a la pequeña imagen de la Virgen… Ahora, con los murales de Basterretxea no sólo donde deben, sino como deben, la obra ya está completa.
